Los músicos callejeros de Barcelona no celebran Navidad
La política ciudadana del ayuntamiento restringe el tradicional desarrollo de la cultura musical callejera también durante las navidades
Dicen
quienes la visitan que Barcelona tiene algo especial; algo que enamora. Si bien
esta se caracteriza por ser una de las
ciudades más multiculturales del mundo, el valor de dicha afirmación incrementa cuando llega la navidad. Miles de personas, residentes y de todo el mundo,
recorren las calles de la ciudad en busca de la famosa magia enamoradiza.
Primero se preguntan si será Gaudí; si será el modernismo fundido con el
encanto del gótico y las reliquias romanas ese encanto popular. Después de
caminar durante horas, la gran mayoría llega a la conclusión de que Barcelona
tiene un aire especial: "Es la cultura, la vida"- decían unas jóvenes
chinas que paseaban por los alrededores de la catedral-; "Lo que hace de
Barcelona una ciudad especial es la atmósfera, la música de Barcelona".
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| Captura de pantalla - Font: Google maps |
Cuando
caminas tranquila o apresuradamente por las calles de Barcelona durante la
navidad, te sigue acogiendo la banda sonora de siempre; el clima que crean los cientos
de músicos callejeros que se esconden abierta o clandestinamente tras las grandes
avenidas que dividen la ciudad. Por cuestiones políticas y por consecuencia
legales, la gran mayoría se hayan en los puntos del centro histórico
determinados por el ayuntamiento de Barcelona.
Si bien cada año se presentan
miles de músicos al sorteo de plazas que dicho ayuntamiento organiza, solamente
una treintena terminan instalándose legalmente en la calle. Los mismos, han de
organizarse a dos personas por plaza, dónde cada una estará autorizada a hacer
música durante dos horas; el primer turno es de 12h a 14h y el segundo de 17h a
19h. De no ser respetados los turnos, el horario o las plazas adjudicadas en el
sorteo, la Guàrdia Urbana sanciona a los callejeros "con la arbitrariedad
que por ser autoridades poseen", según asegura el funcionario número
71.906, quien no permitió a los periodistas tomar nota de voz de sus palabras y
más tarde les confesó "en Barcelona está prohibido todo". La multas que reciben los callejeros no autorizados rondan entorno a los 600 euros más la expropiación del instrumento musical. Navidades
atrás, los callejeros celebraban las fiestas; ahora, después del sorteo,
sienten las fiestas como otro día cualquiera.
Juan,
colombiano y enamorado de su arpa, pasa dos horas diarias junto a la catedral
de Barcelona. El primer callejero que uno se encuentra tras la catedral, pronto
se irá de allí: "Barcelona ya no es la misma:aquí ya no se puede hacer
música". Paolo, dos calles arriba, toca el hang y detesta la navidad:
"Siento que se burlan de mi; creen que lo que yo hago no es una
profesión". Por ese motivo ya han dejado de encantar a los transeúntes
permanentes y de felicitarles las fiestas: "Somos decoración para
turistas". Y como en Barcelona hay turistas todo el año, repiten lo mismo
una y otra vez, sin cansarse, puesto que dos horas diarias no son suficientes.
Helena, de Bielorusia y asentada en Portal de l'Àngel con su Címbalo, se marcha
sin dar explicaciones cuando termina su turno. "Por cinco euros, me da
igual". Con más filosofía se lo toman los del grupo "Buenas
Costumbres" y los amigos de David, el del Didgeridoo de Plaça Catalunya;
siempre tocan lo mismo "aunque sea para turistas y en navidad".
Los
autores de la magia de Barcelona -su mayoría- piensan en marcharse a Francia,
Alemania o Suiza: "Allí son más abiertos"- decía el colombiano del
arpa. Paolo, no culpaba a la gente: "Todavía son fruto de una dictadura y
no lo saben disimular; no es su culpa". Los que se enamoran de la música
de Barcelona -pese a quejarse de la molestia que ocasionan los intérpretes
callejeros, según el guardia 71906-, ya sean residentes y visitantes, no
quieren que se vayan. Por el momento, a los espectadores les queda disfrutar
del espectáculo hasta que cese. A los músicos, ambientar Barcelona como hacen
rutinariamente, y a la magia, parpadear intermitentemente hasta que Andreas,
callejero de acordeón ilegal que toca villancicos en Verdaguer, haga un grupo
de callejeros "amantes de la
música" que combatan legítimamente el desafío del sorteo.
Juan. De Bogotá, Colombia. Hace diez años que vive en Barcelona. Toca el arpa.
"La
gente te da incluso menos dinero porque ya gasta mucho, antes veías sonrisas en
las caras de la gente, pero ahora esta se ofusca con sus problemas y se cierra,
la sociedad a sufrido una transformación en los últimos tiempos, ya no es feliz
y a nosotros no nos ayuda".
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| Fuente: elboración propia |
Paolo. De Cerdeña, Italia. Vive en Barcelona desde hace
diez años. Toca el Hang.
"Tocar en la calle no me da para comer
gambas en la cena de navidad".
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| Fuente: elaboración propia |
Buenas Costumbres. Grupo multicultural: Italia, Catalunya, Argentina, Ecuador y México. Llevan aqui, el que menos,
desde hace tres años. Tocan fusión de géneros tan diferentes como el Rock, el
Jazz, Latino, Salsa, Reggae o Ska.
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| Fuente: elaboración propia |
Helena. Minsk, Bielorusia. Lleva en Barcelona desde hace cinco años. Toca el Címbalo, también conocido como Dulcimer.
"Los músicos somos parte de la navidad de
esta ciudad".







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